La TV y la educación


La televisión que queremos.

Cuestionar la televisión en sí misma sería un acto poco coherente. No haríamos lo mismo con otros instrumentos de comunicación como por ejemplo la radio, el teléfono o la computadora. Por el contrario, diríamos que los medios de comunicación nos facilitan la vida contribuyendo a un diálogo más fluido, a distendernos de la rutina, a acortar las distancias, a mantenernos más informados, a brindarnos accesos a diversas fuentes de información, a permitir acceder a contenidos – estandarizados – a muchas personas, etc. No obstante, sí encontramos en ellos algunos aspectos que nos inspiran desconfianza o rechazo propiamente dicho. Pensemos por caso en la proliferación de sitios neonazi que hoy por hoy abundan en Internet. Salvando las distancias, por la misma senda transita la TV con algunos de sus programas escasos en contenidos y valores humanos.

Lo primero que uno debe tener presente al analizar una temática como esta son los alcances de la ‘pantalla chica’. La televisión desde hace años ocupa en todos los hogares un lugar privilegiado. La miran los niños, la miran los padres, los adolescentes y los mayores. Se ve cuando se almuerza, se ve en la habitación cuando se acuesta, en espacios públicos como restaurantes, en Internet cuando se miran programas online. Cuando no está el aparato, se habla de tal programa o de fulanito de tal que seguro es un actor, mediático o conductor. Es decir, está siempre. Por lo tanto, no es de extrañar que la TV ejerza influencia en las conductas de los individuos. Chailley (1997) lo entiende de esa manera. Para el autor, los niños desde muy corta edad aprenden de la televisión vocabulario, conductas e imágenes. De cierta manera, los niños crean su mundo de representaciones a partir del consumo televisivo.

Por lo tanto, acabamos dándonos cuenta de una cuestión importantísima: la Educación de los niños ya no es sólo una cuestión de la Familia, de la Escuela, de clubes deportivos, de instituciones como Scout, sino que se incorporó un nuevo actor desde hace unas décadas, un actor que requiere la atención de los niños igual de tiempo que la escuela, un actor que estandariza y masifica los contenidos, es decir, la televisión.

No creo que exista un electrodoméstico con mayor aceptación en la actualidad, al punto de convertirse en formador y sociabilizador. Esto puede deberse a dos cuestiones. Por un lado, la cualidad de ser masivo, es decir trasmitir un mensaje común a toda la audiencia y de llegar a millares de receptores. Y por otro lado, a su actitud compenzadora, es decir, donde se carece de actividades alternativas (deporte, cine, museos, campamentos, diálogo familiar, etc.) la ‘tele’ encuentra su espacio.

Pues, bien ¿Qué ocurre cuando este actor masivo no trasmite contenidos y ‘buenos’ valores? ¡Exacto! La educación de los niños es deficiente o posiblemente nula. Sólo basta mencionar los dibujos animados cargados de violencia, las series televisivas que trasmiten falsos modelos de existimos donde la vida se reduce a tener la mejor ropa, el mejor auto o la pareja más linda; o programas conducidos por ‘showmans’ con alto grado de contenido agresivo que se manifiesta por medio de la burla, la ridiculización, la subestimación, la exposición sexual denigrante, la cosificación de los individuos, etc.

Cabría hacer una salvedad. Hablamos de niños puesto que son los que se encuentran en plena etapa de crecimiento y educación, pero normalmente se aprende toda la vida. Consiente o inconscientemente se están incorporando conocimientos todos los días. Por lo tanto, la influencia de la TV en los adultos no dista mucho de la influencia en un niño. De hecho, gran parte de la programación diaria apunta a los mayores de edad que gustan de programas con mucho morbo y contenido nulo como por ejemplo, los programas de chimentos.

La televisión por sí sola no es más que un objeto inerte e inanimado. Cobra vida por medio de la programación y es justamente en ésta donde se debe hacer hincapié si se planea un mundo mejor, más acorde con los valores que demandamos y que necesitamos.

Una mejor sociedad requiere una mejor televisión. Así como exigimos una mejor escuela, una mejor fuerza de seguridad, un mejor sistema de salud, también debemos exigir una mejor televisión. Esta que hoy tenemos, salvo por contados casos, no contribuye a una sociedad con valores humanos y rica a la hora de trasmitir contenidos, por el contario, trasmite saberes escasos y mediocres.

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